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Historia militante de la Negra Olalla

“¿Por qué hacés este trabajo? Si vos sos una nena, vos tenés que aprender un oficio”, le decía uno de los hombres a los que regularmente María Victoria y su compañera le cargaban el camión. “No nos dejan entrar a la planta”, le contestaba ella, vestida como un varón, con sus largos rulos negros escondidos en el trapo que se ataba a la cabeza. Eran peonas de carga y descarga, solo accedían al playón y a los vestuarios de afuera, excluidas del resto de los trabajadores que estaban en la parte productiva, los telares y la tintorería. “Yo tengo una fábrica textil en Villa Maipú, en General Sabio y Gutiérrez”, le contestaba Juan Trovato, dueño de otra textil.

 A fin de año salieron de vacaciones todos los compañeros que estaban adentro de la fábrica, entre diciembre y marzo. María Victoria tenía 13 años recién cumplidos, buscó a uno de los hermanos Kuchevsky, que eran los dueños, y le preguntó por qué no le daban las vacaciones. El patrón le dijo que no se las iba a pagar, que no le correspondía, y que se dejara de tanto preguntar: “¿Vos no entendés? ¿No ves que sos un animalito?”, le gritó el hombre.

“Eso lo tengo acá hermana, en mi corazón, era una nena y así me decía ese hombre. Con 12, 13 años le decía que no, que no entendía, porque como decía él ‘era un animalito’ pero a mi las vacaciones me las tenía que pagar”. Al otro día, cuando vino de vuelta el patrón, ella volvió a ir a la oficina para reclamarle las vacaciones.  Él le repitió: “¡Andate animalito! Te vas de acá”. Eran las 11 de la mañana, momento en el que se acumulaban más camiones para cargar y descargar. Ella no volvió a su puesto de trabajo: se fue al vestuario, se puso su vestidito, sus zapatitos con plataforma. Guardó en una bolsita su ropa de trabajo, y su taza, sólida, maciza. Volvió a subir y entró a la oficina sin golpear.

-¡¿Y vos qué hacés acá?! No terminó tu jornada de trabajo, te vas a tu puesto-, le ordenó el patrón.

-Señor yo no le pertenezco más, ni a usted ni a la empresa. Por última vez, ¿me va a pagar mis vacaciones?

-Te dije que no. ¡Ya te volvés a tu puesto de trabajo!

-¿Usted me ve bien a mi? ¿Usted me ve bien la cara? Pues míreme bien, porque hasta el día que se muera me va a tener que ver la cara-, le contestó y agarró la bolsa con la ropa, las alpargatas y la taza y se la revoleó “en toda la jeta”. Y se fue, con paso ligero, tampoco se iba a quedar a esperar las represalias.

 

Su mamá la vio llegar temprano y le preguntó, sin entender, qué pasaba. Pensaron que su papá se iba a enojar porque le había faltado el respeto al señor. Pero en cuna peronista, después de las explicaciones, el padre coincidió con su punto de vista. Días después se acordó de Trovato, que le decía que ella tenía que formarse en un oficio, y su mamá la acompañó a buscar la fábrica. Cuando tocó el timbre, salió el patrón y le tuvo que recordar que era la peona de la fábrica de los Kruchevsky, porque vestida de mujer no la reconoció. Después las invitó a recorrer las instalaciones, les mostró los telares, y le dijo que si ella estaba dispuesta a trabajar ahí, el lunes podría empezar. Le dieron el trabajo y le enseñaron el oficio de tejedora

.En esa fábrica empezó a militar. Venía un delegado de afuera para hacer las asambleas del sindicato. Era la dictadura, se repartían volantes pequeños, en mano, sin carteleras. Tenían intervenido el sindicato por un almirante de la Marina. Buscaban un delegado de la fábrica y nadie quería ser, y ella no podía porque tenía sólo 15 años. A los 16 años, cuando le dio la edad que establecía el estatuto, resultó electa delegada por primera vez. Ya se paraba y tomaba la palabra en las asambleas.

El “Tano” Trovato la quería matar: “Te doy laburo, te traigo a laburar y ahora que tenés la profesión me metés al sindicato adentro”, recuerda Olalla entre risas, la voz de su patrón. 

Después vino la democracia, se convocó a elecciones y asumió la dirección Asterio González. Ella trabajaba como colaboradora -fuera del horario de trabajo-, después fue dirigente gremial y  llegó a ser Secretaria General del Gremio, cargo que conserva hasta nuestros días. Espera ansiosa jubilarse dentro de tres años, y encargarse del centro de tercera edad del sindicato.

Por Vanina Pasik

Foto: Archivo

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